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Conectados a la tecnología, ¿desconectados de la familia?

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Por: Stella Maris Rivadero, psicoanalista

Una postal común de nuestra época muestra a una familia tipo sentada a la mesa de un restaurante, cada integrante conectado a su dispositivo electrónico y tan comunicados entre ellos como podrían estarlo si se encontraran en planetas diferentes. En el hogar, también es común que cada miembro de la familia esté “enchufado” a su pantalla y que no haya interacción con el resto.

Ésta y otras situaciones que se dan a diario nos hacen pensar si la tecnología es culpable de la falta de comunicación en la familia. Pero antes de demonizarla, analicemos un poco más, porque todo depende de cómo se utilice:

Por un lado, hay que tener en cuenta que, en ocasiones, la tecnología favorece la comunicación: por ejemplo, cuando padres e hijos están conectados a través del celular, cuando juegan un partido juntos en la “Play” o la “Wii”, o los chicos chatean con los adultos que están en el trabajo.

Por otro lado, hay que pensar que, cuando en una familia hay problemas de comunicación, conectarse a un dispositivo tecnológico puede ser la excusa, la consecuencia de una problemática familiar que así queda encubierta, más que la causa. Hay que preguntarse si esa familia tendría de qué hablar si se despejara la casa de objetos “tecno”…

Hoy creemos que son los smartphones los que separan a la familia, pero en otra época era la televisión encendida a la hora de la cena o los adultos leyendo el diario e ignorando los llamados de atención de los chicos, con lo cual, hay que reflexionar acerca de que ninguno de estos dispositivos es malo en sí mismo sino que depende del uso que se haga de los mismos, de los límites que los adultos pongan estableciendo horarios y situaciones en los que se pueden usar o no y del cuidado que se tenga de preservar los espacios de encuentro, vínculo y comunicación familiar.

Ahora, si desde bebés se puso a los chicos frente al televisor varias horas al día para tenerlos entretenidos -porque esto es mucho más fácil que poner el cuerpo a las demandas de los chicos-, el niño puede ir aislándose en ese mundo de pantallas y esta falta de comunicación con el otro va a ser más que algo ocasional.

Entonces, si cada integrante de la familia está aislado y conectado un rato con un interés propio –puede ser con un dispositivo electrónico o no-, no hay por qué preocuparse siempre que haya otros momentos de vínculo y conexión. Pero si los integrantes de la familia pasan la mayor parte del tiempo que tienen para compartir enfrascados en sus dispositivos, cuando salen a hacer una actividad compartida están más atentos a su Facebook o Twitter que a disfrutar juntos el paseo y después acusan a la tecnología de generar esa incomunicación, habría que pensar si no se está poniendo el problema y la responsabilidad en el afuera.

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