Tiene Sentido Disgustarse?

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Disgustarse es enfadarse con alguien o con algo, propio o ajeno. Suelen causar incomodidades, diferencias, fastidios, contrariedades, disputas, penas, pesadumbres, desazones, angustias, etc.

Algunos provienen de nosotros mismos, porque no hemos hecho las cosas debidamente o como hubiéramos querido hacerlas. Otros son originados por terceras personas, y también existen los que suceden debido a situaciones ajenas o acontecimientos incontrolables, como pueden ser los del clima, las enfermedades y las guerras, que se escapan de las manos de todos o de la mayoría. Lo normal en la vida, es que todos tengamos disgustos por alguna cosa.

Lo cierto es que duran y pesan tanto como nosotros tengamos la capacidad de analizarlos, catalogarlos y darles la importancia que verdaderamente se merecen, pues tienen diferentes dimensiones y grados, produciendo consecuencias muy desiguales, entre los que lo producen y los que lo perciben, con independencia de la intención con la que se han producido.

Los disgustos se originan por cosas, que nadie las hizo con propósito de disgustarnos. Otras, intentan disgustarnos o contrariarnos adrede y si lo consiguen o no, es nuestra decisión. A las personas bien entrenadas mentalmente, es muy difícil que los disgustos les hagan mella.

Hay que saber impedir que las emociones producidas por los disgustos, cambien nuestras  actitudes y nos impidan llevar el modelo de vida que tenemos que llevar. Mucho menos alegar que el disgusto nos impida mentalmente asumir las responsabilidades inherentes a nuestra condición. La responsabilidad que asumimos frente a los disgustos, es nuestra propia determinación.

Si los disgustos recibidos no los controlamos, podrán lograr influirnos negativa y seriamente y los haremos trascender a nuestro entorno familiar, amistoso, laboral y social, los cuales no tienen la culpa de nuestros sentimientos.

Los disgustos pueden enfadar, irritar, incomodar, contrariar, apenar, entristecer, alterar, decepcionar, etc. Por eso al examinar la conciencia cada noche, debemos analizar si la situación anímica en la que nos encontramos, proviene de algún disgusto recibido. Es entonces cuando tenemos nuevamente la oportunidad de repasar los motivos de los disgustos recibidos, su importancia, dimensión, las consecuencias que influyen en nuestra persona y las soluciones que podemos y debemos aplicar.

Todos podemos aliviar las penas y sufrimientos que producen los disgustos: Escuchando, pensando por otros, amando, acogiendo el disgusto como propio, levantando el ánimo, influyendo entusiasmo, haciendo sonreír, ofreciendo soluciones y alentando las buenas ideas, de los que lleguen a nosotros, hundidos por el peso de los disgustos que les agobian. Quizás no podamos hacerlo con los grandes disgustos, pero si con los pequeños.

Sin embargo el disgusto puede ser tan profundo, que el dolor producido dificulte la capacidad personal de perdonar, y produce una acumulación de resentimiento. Es entonces el momento de recordar que el perdón, en su esencia más profunda, es divino, por lo que se hace necesario acudir a Dios, para poderlo conceder. La educación del disgusto, consiste en aprender a perdonar. Hay que perdonar a los que nos han disgustado, como quisiéramos que nos perdonaran, a los que hemos disgustado.

francisco@micumbre.com

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2 Comentarios

  1. Juan Carlos Ruiz Quintero Usuario dice

    muy interesante revista y artículos.
    Que delicia leer cosas que le aportan a la vida.

    Mil gracias.

    1. rmp2016 Usuario dice

      Muchas gracias por su comentario. Esperamos que nos ayude a compartir con su red de amigos y familiares todos estos contenidos.

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